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lunes, 25 de febrero de 2013

La teatralidad como crimen.





Parece ridículo lamentarse por 

las carencias que abundan en nuestra comunidad teatral. Sobre todo si pensamos el contexto completo en el que ésta subsiste. Baste observar titulares como "el Chapo se apodera de Latinoamérica", "el año nuevo representa nuevos gastos e incrementos a bienes y servicios básicos", "el EZLN a la sociedad civil: es la hora de actuar", entre otros más pintorescos y espectaculares. Sin contar las ocupaciones y preocupaciones más locales y cotidianas de vecinos  (seguridad, economía,  tráfico, trabajo, familia). Pensar que alguien (más allá de alguien que viva por ello y de ello) se va ha detener por un momento a preguntarse "¿qué obra de teatro se presentará hoy?, ¿qué grupo o persona tiene una nueva obra de teatro?" es tan insólito que no sirve de mucho lamentarse por la ausencia de interés de propios y extraños en la cultura, menos en el teatro. 

Pero no se mal interprete este melodramático inicio. Habemos optimistas que nos enredamos en preguntas intentando explicar el fenómeno y sobre todo intentando contrarrestarlo. Por supuesto yo me sumo a ese numeroso grupo. Quise empezar así, para pensar desde lo más elemental nuestra actual condición como creadores independientes de teatro. ¿Será eso lo que politólogos y sociólogos llaman descomposición del tejido social? Esa trágica condición de la sociedad humana donde ya no piensa en escoger su forma de vivir, sino que piensa en escoger su forma de morir. 

Y, ¿qué tiene que ver nuestras elecciones para la muerte con la ausencia de interés en el teatro? Para responder estas preguntas de talante filosófico recomiendo regresar a los clásicos. Y en este caso, parece ser el más adecuado, el maestro de la Poética ática, Aristóteles. Él era un pensador vastísimo que tenía especial gusto por el teatro, y particularmente por la literatura dramática. Fue a partir de sus observaciones y análisis de los textos de los poetas trágicos que constituyo uno de los primeros libros sobre el arte poética. Una de sus conclusiones más arriesgas tenía que ver con el propósito del arte y particularmente el propósito del teatro. Él afirmaba que los seres humanos iban al teatro y/o escribían teatro como una manera de comprender las causas oscuras e ininteligibles a la razón humana del porqué de las cosas. El teatro imitaba la vida y explicaba a sus observadores/lectores porqué sucedían las cosas como sucedían. Esta revelación originaba una serie de contradictorios sentimientos en el espectador/lector, en el poeta y en los actores. Aristóteles utilizó el término catarsis que proviene del griego κάθαρσις, (Khatársis) y se traduce como purificación. Así que, es posible decir que,  los griegos acudían al teatro para purificarse.  Evidentemente, este proceso de purificación no era simple y la vida que imitaba el teatro, era la vida ejemplar.
         Sí he hecho hincapié en el contexto en un principio, justo es que lo haga también al retomar al filósofo griego. Sabido es que el teatro, así como otras artes (danza, pintura, escultura, música) era actividades productivas absolutamente incorporadas a la vida religiosa y política del ateniense, es decir, el arte no era asunto a parte, mucho menos era una actividad extra-cotidiana, sino formaba parte del haber de todos los días entre los atenienses. Cosa absolutamente distinta entre las personas de las sociedades modernas. Con la secularización de nuestras sociedad ocasionó una escisión entre política (entendida como las relaciones sociales e institucionales entre las personas) religión (como el desarrollo de la vida espiritual y mística), arte (como el desarrollo de la vida estética y afectiva) y filosofía (como el desarrollo del conocimiento). No se adelanten conclusiones, yo no afirmaría de ninguna manera que ésta escisión y la secularización de las sociedades modernas  sea el origen del problema o sea algo negativo. Tampoco sé si es lo contrario. Dejemos este problema para después.
         Regresando al punto, el arte y particularmente el teatro, funcionaba como un espacio de restitución social de las causas de la justicia, según Aristóteles. Dicho en otras palabras, sería el lugar donde las personas comprenderían su destino, su carácter y su proceder a través de la observación de personajes ejemplares. Esto derivaría en la formación de mejores personas y por lo tanto, mejores ciudadanos. Siendo así, el teatro tiene como propósito contribuir al establecimiento de la justicia social, purificar al individuo de emociones contradictorias y enseñar valores universales de una vida virtuosa. Y, yo creo, que en gran medida el teatro contemporáneo, el que hacemos todxs, aquí y ahora, sigue cumpliendo este propósito, y que simplemente los modos son radicalmente opuestos a los de los poetas trágicos del siglo IV a. C. Para muestra de ello, consideremos el caso de Samuel Beckett, un artista que me interesa de manera particular. Todo el mundo estaría de acuerdo conmigo, si afirmo que en la dramaturgia de Beckett no existe ningún programa social, ni siquiera existen pretensiones moralizadoras, yo creo que ni pretensiones estetizantes, sólo existe la intención de comunicar algo, frente a la imposibilidad de hacerlo. Pero, cuando este autor le hace decir a Krapp, a través de una cinta magnetofónica en la obra La Última Cinta de Krapp:

“Cinta: […] Aquí termino esta cinta. Caja… (pausa)… tres, bobina… (pausa)… cinco. (Pausa.) Quizá mis mejores años han pasado. Cuando existía alguna probabilidad de ser feliz. Pero ya no querría vivirlos otra vez. Y menos ahora que tengo este fuego en mí. No querría vivirlos otra vez.

Cualquiera comienza a derivar conjeturas sobre nuestra “idea particular de la felicidad” y si ya habrá pasado nuestros “mejores momentos, nuestros momentos de felicidad”. Y de ahí, unx puede seguir derivando en reflexiones sobre nuestra vida y más allá. Y, ciertamente, nuestros sentimientos serán contradictorios y de estupefacción, al final de todo, tendremos una leve certeza de que en nuestra vida “habido felicidad” y que sabemos cuál es el camino para alcanzarla. Hacerlo o no, es tema de otra conferencia.
        

Por lo anterior, considero que el propósito del teatro no ha cambiado mucho. Sin embargo, sí creo que el sentimiento trágico y la representación de él, es diametralmente distinto. El sentimiento trágico ya no está en nuestro teatro. Es decir, el debate entre razón y pasión, entre deber y querer, entre sociedad e individuo, entre ley y destino, entre divinidad y humanidad, ya no está en el teatro. Ese debate es el complejo dilema de “escoger nuestra mejor forma de morir”, que anunciaba al principio. Y sobra decir, que la espectacularidad de este debate cotidiano ha ido incrementando paulatinamente, conforme se sofistica el escenario del dilema, incrementa la complejidad de su representación. 


         El 27 de febrero del 2012, apareció una noticia en medios nacionales que anunciaba que el Ejército había decomisado 120 “cascos ceremoniales” presuntamente utilizados en “rituales de iniciación” para formar parte de la organización criminal conocida como “Los Caballeros Templarios” en Apatzingán, Michoacán. Se puede observar que los casos evocan la antigua indumentaria de los gladiadores romanos o algún Ejército de griego, persa, etc. Habría que señalar que la teatralidad de este evento no es la primera en su tipo, sino, ¿de qué forma podemos llamar los colgados en los puentes, las narco-mantas desplegadas, los decapitados, etc.? Dicho sea de paso, ¿de qué sirve para la seguridad pública decomisar 120 cascos de plástico? ¿Es acaso, la teatralidad del crimen una amenaza nacional que debe ser atendida?



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         La teatralidad trágica de nuestra condición humana contemporánea está en las calles no en las salas de teatro, mucho menos en las escurridizas presentaciones “de teatro” que desmontan el espacio oficial y buscan el espacio público de la ciudad.  Los verdaderos actores de la tragedia teatral es el ciudadano común y corriente (y que en la mayoría de las veces no conoce ni siquiera un teatro, mejor dicho, El Teatro) que se debate todos los días por explicarse las causas de su muerte. No existiría ningún problema que la teatralidad y la tragedia totalizaran nuestras vidas. Pero sigue siendo privilegio del arte y la ficción, la reversibilidad. En la realidad, el héroe trágico muere para siempre, sin que sea posible que repita su historia para aprendizaje de otros.
         Pensemos ahora en las estrategias para atraer público a las salas y eventos teatrales. Cada vez más agresivas,  los desafortunados gestores culturales, productores, promotores y creadores de teatro, hemos tenido que abrir codo a codo espacios que no eran originalmente para el teatro, tales como iglesias, aulas, patios, canchas, plazas, empresas, estacionamientos, transporte público, las cocinas y salas de casas particulares, etc. Y ahora, el nuestro es un teatro incómodo fuera de su lugar. Y yo no digo que los espacios antes mencionados no puedan considerarse “espacios del teatro”; lo que digo, es que sí se ha llegado a esos espacios no ha sido por un proceso de colonización, si no por un proceso de discriminación del propio teatro.
         Y, ¿cuál es el objeto de esta revisión poco esperanzada de nuestra situación? A pesar de que pareciera lo contrario, es el objetivo es mirar de frente hacia el 2013. El objetivo es re-pensar la radical teatralización de la realidad en el siglo XXI y aún más, en nuestras “sociedades en desarrollo” (a falta de mejor etiqueta). Especular sobre estos asuntos debe ser, siempre, para confrontar nuestra práctica artística. Y como inicia un año, debe iniciar un programa. Si pudiera enumerarlo sería así:

1.- No permitir que el paso al tedio.
2.- Observar nuestra realidad y confrontarla sin temor.
3.- No forzar al teatro a formas y contenidos por propósitos externos al propio teatro. 
4.- Pensar la teatralidad como un paradigma del siglo XXI.
5.- Incrementar la producción sobre la discusión.
6.- No caer en la trampa de la moda y lo novedoso.
7.- Subvertir el egoísmo y compartir todo.
8.- Fomentar las buenas conciencias y las buenas relaciones humanas en la práctica teatral.
9.- Ser consciente que los errores son parte del proceso.
10.- Recuperar el sentido trágico para el arte. (Porqué aquí sí hay reversibilidad).

Escribe, Gunnary Prado. 
Enero 2013. 
Morelia-Buenos Aires.

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